—Sus novelas cambian de signo en la mitad y desorientan al lector. Ese mecanismo de relojería, tan sorprendente, ¿responde a una decisión previa o surge a medida que escribe?
—Depende de los casos. Pero incluso cuando sé adónde voy, porque también he escrito novelas sin saber adónde iba, la novela se escribe sola. Siempre resulta difícil, cuando no imposible, calificar el propio estilo, pero creo que tengo un estilo “paranoico”. En el momento en que afirmo algo, estoy secretando su antítesis. Y eso ocurre también en la estructura de mis novelas, hay un momento en que algo interviene, provoca un tropiezo para que el texto se funda, para que la belleza ya no sea bella. Sucede así y no hay nada que yo pueda hacer al respecto. Es por eso que a menudo escribo en forma de diálogo, el diálogo se corresponde con una estructura de pensamiento dialéctico: desde el momento en que hay una tesis habrá una antítesis. Así es como escribo. ¡Es muy poco confortable!
—¿Qué piensa de la muerte?
—La muerte me fascina. Todas las experiencias de “frontera” me fascinan, y la muerte es la frontera de todas las fronteras. Al mismo tiempo me digo que no hay que precipitarse, de todos modos, tarde o temprano tendré la ocasión de enfrentarme a ella. Pero mientras espero, exploro esa frontera a través de la escritura.
Entrevista a Amélie Nothomb.
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